31 octubre (Alza tus ojos) Ocupados en nuestra salvación

 

Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no solamente cuando estoy presente, sino mucho más ahora que estoy ausente, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Filipenses 2.12–13

 

La frase que utiliza el apóstol Pablo en este texto: «ocupaos en vuestra salvación», nos descoloca un poco. Estamos muy acostumbrados en la iglesia contemporánea a pensar en la salvación como un evento puntual de un solo momento en nuestro peregrinaje terrenal.

La verdad es que este no es el único texto en el Nuevo Testamento que presenta la salvación como un proceso. El apóstol Pedro declara que debemos «desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 P 2.2). El mismo Pablo, en Romanos, explica que, «si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida» (Ro 5.10). En 1 Co 15.2 afirma que la salvación solamente será posible si «retenéis la palabra que os he predicado».

La noción de un solo acto que define para siempre nuestra situación espiritual apela a nuestra mentalidad moderna. Es producto de lo que A. W. Tozer llama «cristianismo instantáneo». Para los que creen de esta manera, la salvación es similar a cualquier otro trámite que realizamos. Frente a la compra de una casa, la tramitación de una línea telefónica o la inscripción de un hijo en el registro gubernamental correspondiente, no tenemos más que presentarnos y llevar a cabo la gestión. Una vez que la hemos realizado no será necesario volver una y otra vez sobre esto, pues el trámite ha sido concluido.

El tema es que aquí no nos estamos refiriendo a una diligencia más en la vida. Cuando hablamos de la salvación estamos haciendo referencia a una realidad que pertenece a otro reino, que posee dimensiones esencialmente distintas a las de este mundo. Creer que una persona puede ser salva simplemente porque «aceptó» a Cristo en un determinando momento de su vida, aunque ha vivido siempre como quiso, solamente revela la profundidad de nuestra «inocencia espiritual» como seres humanos.

Pablo exhorta a que nos ocupemos en nuestra salvación, con temor y temblor. La razón que da es que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer. Es decir, el apóstol intenta señalar que la transformación de nuestro ser no es por obra nuestra, sino el producto de una intervención divina en nuestras vidas. Como tal, puede asemejarse a la recepción de un regalo. El que nos ha entregado el regalo pretende de nosotros que lo utilicemos, que hagamos algo con aquello que nos ha sido entregado. La salvación no es un evento sino, más bien, el llamado a un estilo de vida. Se espera de nosotros que nos alineemos con ese cambio de estilo y vivamos conforme a los principios de Dios.

 

Para pensar:

«¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron» (Heb 2.3).

 

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